Resulta que si preguntamos a nuestros administradores, gobernantes, piensaleyes y otros eruditos, la ley que protege a los minusválidos, la que acerca los recursos a todos, la que regula la eliminación de las barreras arquitectónicas, es cuasi perfecta. Recoge escrupulosamente todas y cada una de las necesidades de las personas que por uno u otro motivo necesitan una compensación.
Aparece sin embargo, hoy una noticia sobre un parapléjico en silla de ruedas que no puede subir a un autobús por carecer este servicio de lo que supuestamente y según la ley debería tener. Y no me valen resquicios legales de los que van llenando expedientes, cupos numerarios y sandeces semejantes. Si la ley no sirve, se tendrá que hacer otra.
Y no es que yo vaya de extremista por la vida, y diga que, necesariamente estos señores que sufren una misnusvalía, tengan que tener todos los recursos necesarios al alcance de la mano, o que obligatoriamente tengan que tener siempre y en todo una compensación. Porque, seguro, que más de uno argumentará que, todo igual no puede ser, y que alguna diferencia habrá en cualquier caso y por mucho que la ley intente ser lo más justa y compensatoria posible.
No pretengo compensar hasta el punto de que ni se note, ni traspase. Digo que, la diferencia, la minusvalía, la discapacidad o como quiera llamarse, ya es de por sí suficiente como para añadir otras. Que, en la medida de lo posible, y mucho más en asuntos tan básicos y necesarios como el transporte, se haga el esfuerzo suficiente, y repito lo de suficiente para que estas cosas no ocurran y para que este señor tenga garantizado algo tan común que no constituye un problema para nadie.
Visto este ejemplo y y otros similares que a diario, y quien tiene la suficiente sensibilidad y vista puede observar en cualquier ciudad o edificio público o privado, en cines, tiendas, y otros establecimientos, se da cuenta de que en realidad no les importa. Y que no se ocupan más que de dejar el expediente legal bien relleno. Que los meapilas que se dan golpes de pecho buscando votos hasta en los tuétanos de los cementerios, reconozcan que no están dispuestos a sacrificar el dinero público en compensar a los que lo necesitan, que digan que no les importa realmente que tengan una vida digna, que admitan que nos les preocupan lo más mínimo porque seguramente ni siquiera se puedan acercar a votar porque no podrán subir al autobús, así que, que más da.
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